Pocos reparan en que los tocamientos indebidos son casi siempre la antesala de una violación. Usualmente se centran en menores de edad que tienen poca conciencia del abuso o son amenazados para que callen.

Por: Juana Avellaneda
Analí tenía 7 años cuando su vecino, un sujeto a quien ella solo recuerda como Jhon, le tocó, por primera vez, su vagina. A cambio de su silencio le regaló cinco soles. Su madre, Rosa, no sospechaba nada. Hasta entonces, Jhon no era más que un simple vecino que vendía abarrotes a pocas cuadras de su casa.
Fue un profesor del colegio de la pequeña quien dio la voz de alarma. Le parecía extraño que la niña siempre tuviera dinero para comprarse golosinas. Cuando Rosa Aylas llegó a su casa, lo primero que hizo fue revisar el cuarto de su hija. Ahí encontró 5 soles escondidos en su mochila. “La agarré a correazos, señorita. Quería que me dijera quién se los había dado”, cuenta. Analí no tuvo otra opción que contarle a su madre que su vecino Jhon Cueva León, de 27 años, la había manoseado. La pequeña recuerda aquel maldito día con mucho detalle. “Primero me hizo tocarle su pene y luego me dio besos en el cuello. Me tapaba mi boca para que no grite”, cuenta con timidez. ¿Cuántas veces te hizo lo mismo?, le pregunto. Analí aprieta con fuerza la mano de su madre y responde: “Muchas veces”. ¿Qué otra cosa te hizo?, le repregunto. “Me metió su pene”, responde. Desde entonces Analí no puede dormir bien, tiene miedo de ir al colegio sola y casi siempre se despierta gritando ¡suéltame! “Quiero que se haga justicia, señorita.

Ese hombre tiene que pagar con cárcel por violador”, dice su madre. Cuando le pregunto si hay algún testigo del hecho me dice que sí. El problema es que se trata de un niño de 8 años y su familia no quiere que hable. Buscamos al presunto agresor para que nos diera su versión. Se gana la vida como pelador de pollos en el mercado. ¿Por qué una niña inventaría que la has violado?, le digo. “No lo sé. Pregúntenle a su madre. Yo no la he tocado. Ni siquiera sé su nombre”, responde a la defensiva. Rosa no puede creer que Cueva León sea tan miserable. Analí, que no deja de temblar, sí.
En búsqueda de justicia
Valentina tiene el cabello corto, la nariz pequeña y la sonrisa incompleta. Hace algunas semanas se le cayeron dos dientes de leche. A su lado está sentada Sarita Díaz, madre de familia que no se cansa de luchar por conseguirle justicia a su hija. “La justicia se ha olvidado de nosotras. ¿Qué podemos hacer?”, reclama. Sobre su mesa hay algunos platos sin recoger, una libreta de notas y varios fólderes azules en los que guarda todas sus denuncias. “La justicia se ha olvidado de nosotras”, repite. Enseguida, Sarita le pide a Valentina, una niña de 7 años, que nos cuente la última vez que su abuelo, Alejandro Temoche, la tocó. “Estábamos mirando televisión con mis hermanos... mi abuelo me sacó el calzón... me tocó con toda su mano en mis partecitas. De ahí, me persiguió de cama en cama y me metió su dedo en mi pompis. Yo me quedé dormida llorando”. ¿Qué pasó después?, le pregunto. “Me dio 20 soles para que no le dijera nada a mi mamá”, responde.Pero ella sí le contó a su mamá. Al día siguiente, Sarita fue a hacer su denuncia a la comisaría de Monserrate, pero cuando les dijo que su hija había sido víctima de tocamientos indebidos fue, prácticamente, como si le hubiesen dicho: regresa cuando tu hija haya sido violada.
Tres años después la historia volvió a repetirse. Esta vez, quien la tocó fue Carlos Temoche, su padre. “Estaba durmiendo, pero sentía fastidio. Cuando abrí mis ojos, vi que me estaba metiendo sus dedos en mi poto y cuando me moví se echó a dormir. Y de ahí cerré los ojos. Me quedé dormida”, cuenta la niña. Lo peor de todo es que pensó que lo que había pasado era algo “normal”. Su hermano menor le había contado que “papá” le había hecho exactamente lo mismo. “Su familia se llena la boca diciendo que estoy loca y que los he denunciado para quitarles plata. Pero eso es mentira. Jamás les he pedido un sol”, dice Sara.
El abuelo de la víctima, quien se gana la vida arreglando microondas, asegura ser inocente. Dice que se trata de una venganza de Sarita contra él y su hijo. “Con mi abogado vamos a poner una contrademanda por difamación. Es una mala madre, debería trabajar en Hollywood por mentirosa”, dice. La justicia, en este caso, tarda demasiado en investigar y precisar los hechos.
Atormentado por su vecino
Franklin, un estudiante de secundaria de tercer año, salió de casa para buscar a sus padres. En el camino se encontró a su vecino Wildo Miranda Motta, amigo de infancia de su madre. “No grites porque si no te mato”, le dijo con un cuchillo en la mano. Franklin pensó lo peor. Su vecino, cuenta, ya se había bajado el pantalón. Miranda Motta empezó a manosearlo. Primero le tocó el pene, luego intentó bajarle el cierre y lo besó. Su aliento, recuerda Franklin, olía a marihuana y a ron. “Mamá, pensé que nunca más te iba a ver. Pensé que me iba a matar”, le contó llorando a su familia luego de haber huido.
Un primo suyo que pasaba por la zona vio lo que Miranda Motta intentaba hacer. “Casi lo mata, señorita. Los vecinos tuvieron que intervenir para que no terminara en desgracia”, nos cuenta Norka Corrales, su madre. Dos días después, aquel vecino les tocó la puerta de su casa. Y no fue para ofrecer disculpas. Todo lo contrario: fue para amedrentarlos. “La verdad, señorita, tenía tanta rabia que le aventé un palo. Por su culpa mi hijo se siente sucio”, asegura. Desde lo ocurrido, Franklin no quiere ir a estudiar, tiene miedo de salir a jugar y para encerrado en su casa. Ha cambiado por completo.
“He ido al Palacio de Justicia y he llevado todos los papeles que me han pedido. ¿Pero cuándo van a meter preso a ese hombre?”, nos reclama. Por su parte, Franklin ya no quiere saber nada de nada. Está cansado de que todos los psicólogos le repitan que los sueños, en los que ve a quien casi lo violó, pertenecen solo a su imaginación.
“En la primera cita, el psicólogo me dijo que Franklin estaba traumado y que tenía baja autoestima. La segunda vez, no me quisieron atender. He gastado plata, pero no me importa. Uno hace lo que sea por sus hijos y, a pesar de lo que digan mis vecinos, yo sé que el mío no miente”, afirma. Por su parte, Cristina, esposa del presunto agresor, asegura que Miranda Motta no es ningún acosador. “Todos en el barrio saben que ese chiquito es medio rarito. Paraba regalándose a los vecinos”, dice agresivamente. Esa es toda su defensa. Indignante.
Drama infantil
Drama infantil
TOCADOS. Por cada abuso sexual que se logra concretar, hay un promedio de cinco intentos de tocamientos indebidos.
PELIGRO. Los acosadores de menores suelen ser personas muy cercanas a la víctima, usualmente familiares o vecinos. Muchos tienen trabajo conocido, no generan sospechas y carecen de antecedentes penales.
INCOMPRENSIÓN. Por lo general, las víctimas suelen sentirse solas, incomprendidas y no apoyadas. Esto las lleva, muchas veces, a callar. Tienen miedo de quedar como “mentirosos” frente a sus padres.
Víctimas de la impunidad
-Dimitri Senmache Artola
Director de la Red Peruana Contra la Pornografía Infantil (RCPI)
“El problema de los tocamientos indebidos está en que los exámenes del médico legista y la pericia psicológica son usados por el agresor para destruir el testimonio de la víctima.
Víctimas de la impunidad
-Dimitri Senmache Artola
Director de la Red Peruana Contra la Pornografía Infantil (RCPI)
“El problema de los tocamientos indebidos está en que los exámenes del médico legista y la pericia psicológica son usados por el agresor para destruir el testimonio de la víctima.
¿Por qué? En la mayoría de casos, los actos contra el pudor no suelen dejar marca o huella física. Además, la estrategia legal del acusado, frente a un posible examen psicológico contrario, presentará un examen psicológico de parte, el cual, en su mayoría, suele concluir que el menor está siendo manipulado por algún familiar con el objeto de dañar su honra”.
NOTA APARTE:
Qué es el abuso sexual
Es una imposición de tipo sexual a un niño por un adulto o persona de mayor edad. Consiste en mostrar o tocar genitales, penetración, hacerle observar actitudes sexuales, manipulación del menor con fines pornográficos, etc.
Quién es el violador

Los abusos sexuales infantiles generalmente ocurren durante largo tiempo.
El violador es una persona de apariencia normal, a menudo demuestra sólidas convicciones religiosas y morales. Generalmente forma parte de la familia o de su entorno y se ha ganado, según sea el caso, la confianza de la familia y del niño. Niega con rotundidad que haya abusado y cuando lo reconoce da excusas como: “no fue nada grave”, “no le hice daño”, “los niños no sienten”, “fue culpa suya”. Los abusos sexuales acostumbran a durar largo tiempo. Normalmente no son sucesos aislados. Los delincuentes sexuales siempre reinciden y repiten sus abusos. De ahí la importancia de una intervención judicial y un tratamiento psicológico.