


Y de un grupo homogéneo de estas percepciones, administradas interiormente, surgieron las ideas, los conceptos, el juicio y el raciocinio organizado. Estas ideas, conceptos y juicios no son sino la organización del puro instinto animal para sobrevivir, porque en cada experiencia hay un acto de creación para que esta no sea lo que nos pasa sino lo que decidimos hacer con cualquier cosa que nos pase.
Y por eso vale la pena mencionar a la doctora Goodall cuyas observaciones rescatan dos diferencias principales entre nosotros y los chimpancés: el lenguaje articulado y la estabilidad emocional madurada en sentimientos, de los cuales el que llamamos amor define nuestra condición humana.
Opciones y desafíos
Paralela a esa organización interior de nuestras percepciones, iniciamos una organización hacia afuera, al tener nuestro instinto que tomar continuamente decisiones para enfrentar los desafíos y dilemas que presenta la naturaleza. De allí la necesidad de establecer prioridades, individuales y de grupo para organizar nuestra conducta.
Manadas, bandadas, car-dúmenes o grupos humanos se agrupan siempre para sobrevivir cambios de clima y geografías, en busca de comida, pareja, sosiego para proteger a las crías y para protegerse de especies predadoras.
De la necesidad de este orden prioritario para sobrevivir brotaron también las primeras versiones rústicas, en mitos y leyendas, del bien y del mal, la autoridad primitiva en los grupos de un o una Alpha. También brotó la agricultura y los consiguientes cambios en las formas de vida que desarrollaron conductas habituales que, al arraigarse, formaron culturas.
Todas nacieron de la organización de perplejidades ante enigmas como el sufrimiento, la muerte y la inmensidad sin fondo del firmamento nocturno, los que tradujeron a idiomas, ritos, arte rupestre y también a la justicia y las leyes, que no son sino otras formas de expresar el instinto, los intereses y el mismo orden de prioridades que, en grupos mayores y complejos, debe mantener siempre el mismo flujo natural en contacto inmediato con los sentidos corporales.
Pero, ante distracciones y olvidos culturales que groseramente deformaron este orden, alguien tuvo que recordarles que el ser humano no fue hecho para servir a las leyes sino las leyes para servir al ser humano.
Y para mantener vigente esta memoria de instintos e intereses, en tiempos industriales, se tuvo que desbrozarla de nuevo para aclarar que estos instintos e intereses deben ser traducidos no por alguna autoridad, sino solo por la opinión pública a la que justicia y leyes deben servir, no muy lejos de la vida grupal de chimpancés, los que no han tenido esclavos ni se han matado entre ellos, como hemos hecho nosotros. Y no me extiendo más para no irme por las ramas.
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