lunes, 27 de abril de 2009

PAULO FREIRE: ¿PEDAGOGO O POLÍTICO? (PARTE 2)

Paulo Freire: ¿pedagogo o político?(PARTE 2) María Adela Rey Leyes En comunidad con: http://www.paulofreire.org.pe Propongo que analicemos el pensamiento de Platón sobre la relación educación y política. Platón no es de ayer, sino que de siempre; los problemas de su época son también los de hoy en día. Es un clásico. Creo que nos puede ayudar su planteo para conversar sobre lo político como construcción personal y social en un proceso que no puede sino ser educativo. Platón estuvo marcado por el compromiso político, participando activamente. Se hace discípulo de Sócrates por este interés en la vida política. Su concepto de hombre de Estado lo define como el desinteresado educador de sus conciudadanos Platón vive en una época en que lo arduamente construido y vivido como ideal cultural y cívico se va desvaneciendo en las luchas de poder, y él hace lo posible por rescatarlo. Dice que ese rescate debe construirse sobre la educación, de la cual debe nacer un hacer político que vaya más allá de esas luchas. Señala Platón que educación y política son igualables (porque la finalidad del arte de hacer ciudad, o sea de la política, es la educación de los ciudadanos). Pero educación y lucha por el poder son dos formas de vida que resultan irreconciliables, antitéticas. Son diametralmente opuestas. En sus descripciones sobre política y sobre educación, que siempre entrelaza, aparecen los términos “areté” y “paideia”. Areté significa doblemente la fuerza de quien hace lo mejor (así se utiliza en los versos de “La Ilíada y la Odisea”, de Homero), como también un ideal de vida a cumplir, orientado al mejor comportamiento que es de esperar de una persona (como lo encontramos en “Los trabajos y los días”, de Hesíodo). El gobernante ateniense tendrá su areté ligada a actos de justicia y el espartano a acciones de valor en defensa de la ciudad, pero en todos los casos sintetiza un ideal de vida griego. El centro y objetivo de toda educación es la areté. Paideia viene de niño, pero va mucho más allá de la acción educativa que se pueda ejercer sobre este. Es de difícil traducción, podríamos decir civilización, cultura, tradición, literatura o educación, sin lograr una expresión acertada. Va más allá de los aprendizajes particulares. Se dirige hacia un núcleo humano a desarrollar, en función de valores del espíritu. Lo más cercano que podemos decir es que un hombre culto es aquel que se ocupa de su propia paideia y la de su medio. El pensamiento de Platón sobre educación y política tiene en su centro un acercamiento a lo educativo como un hecho humano fundamental, que se resume en el término paideia. La areté, objeto de toda paideia y de todo arte político, se resume en el conocimiento y práctica del bien y la justicia. Ni paideia ni política son actividades indiferentes en sí, sino que son formas de ser y de vivir un ideal virtuoso. Aparece siempre una constante en los diálogos platónico: no existe política sin paideia y toda paideia se orienta a la construcción de la sociedad y del estado. Al leer “La República” podemos ver en ella una descripción del estado ideal y ver la descripción de formas y niveles de educación que Platón va proponiendo. Sin embargo, no esto lo que a él le interesa. Lo que le importa es mostrar la paideia como centro de la actividad social. No trata de discernir y explicar que tipo de educación se necesita para la sociedad que aspira, sino al revés. Una sociedad tiene sentido en la medida en que hace posible la paideia de las personas. Entonces, el esfuerzo ha de dirigirse a lograr un estado en el que los ciudadanos puedan desarrollar su areté cabalmente, como una forma de vida. Si la areté es conocimiento y práctica del bien, la sociedad ha de ser reconstruida en torno a ese principio, a través de la paideia. Platón no da las recetas para diseñar una sociedad perfecta, sino que intenta hacer reflexionar sobre temas que considera cruciales para salvar el espíritu griego de su época, que se encuentra en crisis. Creo que este llamado a la reflexión sobre determinados hechos y verdades es una intención que debe estar vigente en nuestros días. ¿Acaso no es esta la propuesta de Paulo Freire? ¿Cabe pensar en la educación sin tener en cuenta su dimensión política? ¿Podemos acusar a la teoría pedagógica de Paulo Freire de ser política, o, justamente, alabar ese punto? Veamos que nos dicen al respecto posturas más contemporáneas que la platónica. ¿Se puede encarar a la educación y a la escuela como una realidad histórica, susceptible de ser transformada intencionalmente por la acción del hombre? ¿Es posible una teoría de la educación que capte críticamente a la escuela (y al docente) como un instrumento capaz de contribuir a la superación de la desigualdad social, de la marginalidad, de los distintos tipos de opresión? Creo que no podemos permitirnos la ingenuidad de no percibir los condicionantes objetivos de la sociedad en la que se da el hecho educativo. Pero tampoco podemos entender a la educación como la que reproduce la desigualdad de la sociedad a la que pertenece. Esta visión sólo genera desánimo e impotencia. La teoría que necesitamos debe superar posturas ilusas e ingenuas y posturas pesimistas. Debe entender que luchar contra la desigualdad e inequidad desde la escuela significa comprometerse en el esfuerzo de garantizar a todos una educación de calidad, en las condiciones históricas actuales. Y eso es lo que han comprendido las pedagogías crítico-transformadoras, donde ubicamos a Paulo Freire. Veamos de qué se trata. Bajo la influencia del pensamiento neomarxista, se inicia la pedagogía crítica, en la cual podemos señalar dos etapas. La primera de ellas se identifica con la “pedagogía de la reproducción”, a partir del concepto clave que usa para su interpretación de la realidad. Establece un estrecho paralelismo entre las relaciones sociales que la escuela establece y promueve y las relaciones de dominación y subordinación sociales que se desprenden de lo económico. La escuela y el currículo operan reproduciendo la estructura social, cultural y económico-ideológica. Son “aparatos ideológicos del Estado” (Althusser) Este énfasis puesto en la idea de la dominación es el punto débil sobre el que se constituye la crítica que articula el paso a la segunda etapa, las pedagogías crítico-transformadoras, que cambian el lenguaje de la mera crítica por el de la posibilidad. Se subrayan los elementos que van a permitir una acción respecto de las estructuras socio-político-económicas. Ante todo, se insiste en el carácter activo del hombre y en las instancias de contradicción y ruptura. Estas son las categorías claves. Las pedagogías crítico-transformadoras se articulan en torno a tres nociones: conflicto, lucha y resistencia. La escuela ya no es vista como un reflejo del orden económico sino como un ámbito político-cultural con cierto grado de independencia, que permite entenderla como alternativa de contradicción al macro-contexto. Los dos objetivos básicos de la educación en esta perspectiva son el desarrollo de una mentalidad crítica y la potenciación de los actores sociales para el cambio (Mc Laren), para lo cual es preciso redefinir el rol docente como el de un intelectual público (Giroux) cuya tarea es la mediación entre personas y grupos, para lo cual es preciso la toma de conciencia de que la educación es una tarea política, que no puede hacer abstracción de las cuestiones de valor y poder. Se requiere que tanto el docente como el alumno puedan reconocerse como agentes históricos, sociales y culturales. Un elemento central es tener en cuenta las voces de los protagonistas, inseparablemente unidas al contexto social y cultural. El conocimiento es contextual, es la conciencia de los elementos socio-culturales que han ido configurando las propias categorías de pensamiento y de lenguaje. La tarea crítica une teoría y praxis: la praxis es la transformación de la experiencia social y dicha transformación exige la crítica. Por eso todo conocimiento es contextual. En la “práctica crítica” se unen teoría y praxis. Dicho con las palabras de Fenstermacher, que llama a esta postura enseñanza emancipadora, “... el emancipador ve el mundo social como un lugar de lucha continua y opresión en el que aquellos que tienen poder, privilegio y status se afirman cada vez más y aquellos que se perciben como personas inferiores aceptan su destino y su debilidad. Los emancipadores sostienen que las escuelas son instrumentos de reproducción social en los cuales las clases inferiores aprenden a ser obreros dóciles que cumplen órdenes y donde se entrena a las clases superiores para el liderazgo y el ejercicio del poder. El punto esencial de la enseñanza emancipadora es, pues, liberar los espíritus de los estudiantes de la influencia inconsciente de ideas opresivas sobre su clase, su género, su raza o su condición étnica porque esas ideas los paralizan, los debilitan y los separan de las oportunidades de lograr una vida mejor” 2 Para concluir, por si aún quedan dudas, diría que debemos reconocer a Paulo Freire como el autor (y el actor) que enunció el rol del docente emancipador en Latinoamérica. En sus obras nos presentó sus ideas políticas, filosóficas y pedagógicas. También las prácticas pedagógicas que elaboró para estimular y sostener la “conciencia crítica” en la gente. Más que estrictamente marxista o revolucionario creo que fue un humanista, vinculado a movimientos genuinamente latinoamericanos (como el caso de la Teología de la Liberación). Su aporte arraigó debido a su doble mensaje político y profético. Utópico (hace falta recuperar el componente utópico para la educación). Nos habla de hacer posible el sueño de los pueblos. Esperanzado. Nos dice que la espera sin esperanza es una espera vana, no puede materializar sueños. La esperanza se realiza en la acción. Creo que la mejor definición de Paulo Freire es la que él hace de sí mismo: “sustantivamente político y sólo adjetivamente pedagogo”. Como docentes, debemos recuperar la naturaleza política de la educación, sin que esto signifique reducirla a la práctica política. No podemos dejar de preguntarnos cómo conseguir que la educación sea significativa, que se convierta en crítica y emancipadora. ¿Qué es lo que hace que una práctica social sea educativa? Porque tanto en la escuela como fuera de ella se dan prácticas sociales deshumanizante. Con esto termino, pero es una pregunta que creo vale la pena que nos hagamos: ¿Para qué tipo de sociedad estoy trabajando? ¿Qué tipo de sociedad les voy a dejar a mis hijos y alumnos? O, mejor, ¿qué hijos y alumnos le voy a dejar a la sociedad? • (1) GIROUX, Henry (1990): Los profesores como intelectuales. Paidós. Barcelona, p. 161 • 2 FENSTERMACHER, Gary; SOLTIS, Jonas: Enfoques de la enseñanza. Edit. Amorrortu, p. 96.

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